domingo, 8 de marzo de 2026

un lugar comun -prueba-

 Era un domingo tranquilo. 

El verano apenas comenzaba a insinuarse, como si el calor todavía pidiera permiso antes de instalarse definitivamente. Los últimos restos del frío se desvanecían en el aire de la mañana, comenzaba un espacio de silencio casi generando intranquilidad. 

Era la pausa de días intensos, 

De días llenos de rutina 

 De levantarse temprano, que la inercia del movimiento al levantarse tuviera la comparsa de la alarma. Y hasta en ciertos díaspodría privarse de tal melodía, el sueño se terminaba antes del inicio de la melodía. Desayunar los mismos ingredientes mientras, como si las manos se movieran solas en una danza en busca de la taza, las tostadas, el azúcar, el café. Mientras la mente, repasaba cuidadosamente que nada se olvidara, como un vistazo al futuro programando cada momento del día 

Salir hacia la rutina implicaba estar sometido a los horarios de los transportes, sincronizarse con el ritmo de las personas. Trabajar, tener espacio para charlas sin sentido, repetir los mismos chistes, repetir las mismas coreografíasAsí almorzar, pensando en la tarde, pensando en la salida, alimentándose de pensamientos se pasa el día. Se vuelve al hogar, bañarse, acomodar la ropa para el día siguiente, distraerse mirando algún video o cantando en la ducha, todo para decantar en la cena y nuevamente dormir.  La vida reducida a un mecanismo preciso y eficiente, casi impecable, pero carente de pausa verdadera. No había tragedia en ello. Solo una continuidad automática. 

Quizás por eso decidí salir. 

No había un plan. 
No había un destino que justificara el movimiento. 
No necesitaba correr para alcanzar el transporte, ni recordar una factura pendiente, ni calcular el tiempo para hacer las compras antes de que cerraran los negocios. No salía por obligación, ni por responsabilidad. 

Salí por el simple acto de salir. Como si parte de la rutina fuera, cada tanto obligarme a tomar aire. 

Me cambié con lentitud. Sin apuro. No elegi la ropa, me puse lo que tenia a mano, como si la salida no tuviera importancia. Como si fueran 5 minutos y volviera a casaCasi como rechazando hacer algo fuera de lo normal. 

Abrí la puerta. 

El sonido habitual de la cerradura fue el mismo de siempre, pero algo en mí no lo era. Cerré como tantas otras veces, con el gesto aprendido, automático. Di un paso hacia el pasillo… y me detuve. 

Me di vuelta. 

Respiré profundo. 

Cerré los ojos mientras el aire entraba lento, llenando los pulmones con una presencia que no necesitaba explicación. El mundo seguía ahí , los vecinos, los ruidos lejanos, el rumor de la ciudad despertando, pero por un instante quedó suspendido. 

Inhalé presente. 

No el presente como concepto. 
No el presente como frase inspiradora. 
El presente como peso en el pecho, como reconocimiento del cansacio que traia en los hombros, como un bostezo interno que grita sordo que algo ya no cuadra. Este fue un acto de rebeldia frente a la rutina 

Exhalé como quien se libera de un veneno, como vaciando la mente. 

Y en ese gesto tan pequeño —cerrar la puerta, respirar, abrir los ojos y exhalar — comprendí que tal vez lo extraordinario no era el día, ni el verano que comenzaba, ni siquiera mi decisión de salir sin rumbo… 
Sino el permiso de no ser útil por unas horas. 

Bajé las escaleras con calmaComo si el dia pidiera una calma anormal.  

Afuera, la luz era clara pero todavía suave. El aire tenía esa mezcla indecisa entre frescura y calor que solo ocurre en los comienzos. Un perro ladró a lo lejos. Una ventana se abrió en el edificio de enfrente. La ciudad no sabía que yo había decidido no llegar a ningún lado. 

Caminé. 

Sin mapa. 
Sin cálculo. 
Sin propósito inmediato. 

Solo con la certeza de que, por primera vez en mucho tiempo, no estaba avanzando hacia algo conocido. 

 

Divise en el camino una pequeña plaza, no recuerdo que tanto camine, solo intente ver las casas, las calles de diferente forma. No queria asociar todo al ritual de todos los dias. Me adentre en aquella plaza, como quien entra en un portal. No habian grandes arboles, no habian juegos espectaculares para niños, ni monumentos de bronce con grandes placas. Solo pequeños asientos a la sombra de unos timidos arboles. 

Me sente en un asiento al azar, no tenia nada de particular, solo que me permitia mirar todo el entorno de forma casi completa. Ver las casas cercanas, el centro de la plaza que conservaba un poco de verde pasto. Ver el cielo azul, algunos pajaros se paseaban por los aires. 

 

No se cuánto tiempo estuve visto el cielo, mientras miraba las aves pasar sobre un fondo celeste. Pensé, en la libertad de aquellas palomas, quería contagiarme de esa sensación por un momento. Y sin darme cuenta alguien se había sentado al lado mío 

El ruido de su mano buscando en su bolso me despertó del trance, cuando me quise dar cuenta estaba soltando migajas de pan al suelo. Como quien dispersa semillas en un campo. 

Era una señora mayor, tal vez muy abrigada para lo que aventuraba el día. Llevaba un ridículo sombrerito, eso pensé, era una señora en toda regla.  

Y sin darme cuenta esas semillas habían dado sus frutos, ya algunas palomas se acercaban presurosas, algunas se agolpaban, otras de lejos miraban con cierto miedo. Pero sin dudas ya todas conocían la mecánica 

 

Me las imagine a todas yendo a su hora del almuerzo en el trabajo. O agolpadas en el transporte público. De repente, los pensamientos rutinarios me habían invadido. 

 

“tal vez debería estar haciendo algo más productivo” 

“¿tengo todo preparado para mañana?” 

 ¿cuántos días falta para cobrar?” 

“Quisiera hablarle a ella, ¿que pensara de ?” 

 

Y sin darme cuenta tenía cientos de palomas buscando que comer en mi mente, mi cuerpo nuevamente sintio la fatiga como en cualquier diaSentia el dia menos brilloso que antes. 

 

Y de la nada, ella hablo; 

  • Siempre vuelven  -dijo mientras no dejaba de mirar a las palomas- 

 

Quizás, en otro momento no hubiera prestado atención, ni hubiera respondido. 

Pero hoy, fue diferente, aun con las palomas de pensamientos rutinarios me anime a preguntar: 

  • ¿Porque será que siempre vuelven?  

Deslice mi pregunta casi, preguntando porque no puedo tener un momento de paz aun fuera de mi rutina. 

  • Seguramente les gusta la comida que les traigo –dijo mientras me miro un instante, para seguir mirando las palomas- 

Pensé para , que alimento tan rico debo tener para estas palomas que me invaden y no me dejan ser feliz.  

 

  • O tal vez es el único alimento gratuito que conocen –continuo casi riéndose- 

Sentí que tener una vida rutinaria era el único alimento que conocía para darle de comer a mis palomas. Que las únicas vitaminas que podía ofrecerles eran, preocupación, miedo, inseguridad, dolor, rechazo.  

  • Y si alguien les diera otro alimento más rico, ‘¿se irían? -replique- 

  • No lo sé, quizás este sea un lugar seguro para ellas –me contesto- 

 

Comprendí que mi lugar seguro era la rutina, que había elegido mi forma de vida, no porque me gustara. Si no, porque me hace sentir seguro. Ser víctima de algo más grande como lo cotidiano, me exonera de culpas, es la cuartada ideal para evitar la felicidad.  

 

Siempre echándole la culpa a los demás: 

Al jefe que siempre me apura 

Al vecino que siempre hace ruido 

A los perros que siempre están ladrando 

Al gobierno que siempre sube los impuestos 

 

Siempre tan víctima, nunca tan responsable. No porque pudiera cambiar el país, pero si puedo cambiar mi mundo, en mi mente. 

  • Si tuviera que darle de comer algo rico a las palomas, ¿cuál sería su receta?  -pregunte casi con vergüenza- 

 

Sin sonrojarse, como si supiera hacia donde estaba preguntando me dijo: 

 

  • Creo que toda la clave en la cocina está en el amor ¿no? 

 

Las palomas empezaron arrullarsomo asintiendo sus palabras. 

 

Me recline un poco, como buscando ingredientes en mi cocina mental. 

¿Cuándo fue la última vez que utilice palabras de amor conmigo mismo? ¿Cuándo fui amable con mis errores? 

¿cuántas veces me enojé y reprimí lo que sentía? 

Que tan cruel fui conmigo mismo, juez y verdugo de mi existencia.  

 

Asentí como confirmando una gran relevación. 

 

  • Quizás aun no sea tarde para cambiar las cosas –solté casi como dejando caer una gran mochila- 

 

La anciana me miro: 

 

  • Nunca es tarde para darle de comer a los pájaros 

  • Tiene razón, ¿ellos siempre vuelven no? -sonreí- 

 

En un pequeño gramo del planeta tierra uno puede encontrar las respuestas a las preguntas que no se estaba haciendo. Pero si, necesitaba formulárselas. 

 

La comida se había acabado hace un momento, Las palomas habían entendido que era el momento de irse, una a una emprendía vuelo, lejos. 

La señora se sacudió las manos, como alguien que termina su deber. Espero hasta que la última se fuera. 

 

  • Creo que es hora de irme –exclamo- todo tiene su momento, las palomas entendieron el suyo y yo, tengo que ir a cocinar. 

 

  • Yo también debería irme, hay que volver a la rutina y preparar las cosas para mañana.  

 

  • Entonces deberías ir mas despacio, siempre hay tiempo para hacer todo –decía mientras se daba la vuelta para irse- 

 

Solamente la vi irse, lentamente, como el sol que cuando atardece. 

La plaza seguía igual, vacía, el pasto del mismo color que hace unos momentos. El día transcurría, como tantos otros.  

De vuelta me encontré solo, en la misma plaza, sin las palomas, sin la señora. 

 

Sin mis pensamientos rutinarios. 

 

Pero con una nueva certeza, esos pensamientos no eran míos. Eran parte de la rutina, tenía que dejarlos ir como las palomas. Todo tiene su momento de ocupar su espacio y comer. 

También es importante soltarlos, dejarlos ir. 

La señora no retuvo las palomas con más comida, ni tampoco las quiso agarrar para . 

 

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