No elegí el color de las flores. Ellas simplemente estaban ahí, resaltando entre el gris del pavimento, las estructuras rígidas y los días que a veces parecen repetirse. Mientras caminaba, su color —vibrante, único, frágil— me habló sin palabras. Hay cosas que no buscan llamar la atención, pero que cuando las ves, te hacen recordar que estás vivo.
La vida cambia, el color cambia. A veces lo que vemos es rojo, a veces negro, a veces apenas un matiz. Pero el color no siempre refleja lo que es, sino cómo lo estamos mirando. La vida, en su esencia, sigue siendo vida. No es resignación; es afirmación. No es evitar el dolor, es abrazarlo como parte del camino.
Aceptar el presente tal como es —aún cuando duela— es una forma de dejar de poner afuera lo que sólo podemos encontrar adentro. No somos víctimas del color que nos tiñe, sino observadores que pueden decidir cuánto dejarse teñir por él. Y también cuánto aprender. Porque el dolor enseña, pone a prueba, prepara el alma para recibir la alegría.
No hay una emoción concreta detrás de esta frase. Nació del estar presente, de ser consciente. Y no busca provocar nada específico. Está escrita para existir, para estar ahí como una flor en el camino. Tal vez alguien la vea y pase de largo. Tal vez alguien la vea y la guarde. Tal vez alguien la vea y la necesite.
Porque el color cambia. Pero la vida… la vida es vida.
(Algo que me nació al ver unas flores al caminar)
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